La importancia de la amistad

“Debería haberme esforzado por conservar a amigos de los que no he vuelto a saber nada”

"Debería haberme esforzado por conservar a amigos de los que no he vuelto a saber nada"

En el mundo actual, la tentación de prescindir de nuestros amigos es muy alta. (Corbis)
Luis Muiño

Uno de los grandes fenómenos de taquilla del cine europeo de los últimos años ha sido la película francesa Intocable. Basada en una historia real, cuenta la repercusión que tiene en la vida de Philippe –un huraño millonario que se quedó tetrapléjico a causa de un accidente en la juventud– la relación con Driss, joven inmigrante que vive en un barrio marginal. A lo largo de la historia vemos cómo, del contraste entre dos personas radicalmente diferentes, surge una relación que extrae lo mejor de cada una…

En House of cards, una de las series actuales más cínicas y escépticas acerca de los vínculos humanos, hay también un momento de exaltación de la camaradería.Francis Underwood, el despiadado protagonista, regresa a la escuela del ejército en la que estudió durante cuatro años. Allí vuelve a dar con su cuadrilla de amigos. Durante una noche, Frank se emborracha, renueva su admiración por uno de sus compañeros, hace locuras sin medir las consecuencias y recupera su yo primordial. Ni su pareja, ni su trabajo, ni sus amantes esporádicas habían conseguido nunca ese efecto liberador…

Apologías del compañerismo

Si exploramos la producción cultural moderna, veremos que está llena de apologías del compañerismo. Hay miles de canciones (With a Little Help from My Friends,Waiting on a friendI’ll be there for you), libros (Los idus de MarzoCadena Perpetua,Déjame entrar), películas (ShrekStand by meThelma y Louise) y series (The Big Bang TheoryFireflyLife on mars) de las últimas décadas que tienen como tema central la amistad como valor.

La salud física depende más de tener buenos amigos que de la alimentación o la vida sana

Sin embargo, cuando la enfermera australiana Bronnie Warerecopiló en un famoso artículo -luego ampliado al formato libro- las cuestiones de las que se arrepentían sus pacientes en el lecho de muerte, una de las frases más citada era “Tendría que haberme esforzado más por seguir teniendo a mi lado a amigos de los que nunca más he vuelto a saber”. Paradójicamente, aunque en el mundo moderno damos mucha importancia a la amistad en nuestros ideales y en nuestra imaginación, hacemos muy poco por trabajarla en la vida real. Casi siempre nos conformamos con recordar el pasado y decir, como el protagonista de Cuenta conmigo: “Nunca más he vuelto a tener amigos como aquellos”.

Desde el punto de vista teórico, no cabe duda de que el compañerismo está cada vez más valorado. Los datos sobre la importancia de la amistad para la calidad de vida se amontonan en la investigación contemporánea. Las relaciones sociales de confianza parecen ser importantes, incluso, para la salud física. Aunque la relación entre nuestro círculo social y la cantidad de enfermedades parezca remota, los datos la sacan a la luz.

El psicólogo de la Universidad de Utah Bert Uchino tiene, por ejemplo, numerosas investigaciones que muestran que la salud física depende más del respaldo social que de otras variables que parecen más claramente relacionadas, como la vida sana, la buena alimentación o el deporte. Las personas que tienen buenos amigos (y es cuestión de calidad, no de cantidad) viven más y tienen menos riesgo de cáncer o diabetes, por citar dos datos demostrativos. La doctora Juliane Hold-Lunstad, de la Universidad de Brigham Young, traduce esa asociación en cifras: tener una mala red social aumenta la probabilidad de fallecer pronto en la misma medida que lo hace fumar quince cigarrillos al día, ser obeso o no hacer nunca ejercicio.

Confiar en los demás, clave de la salud mental

Existen, según estos investigadores, varias razones para este vínculo entre relaciones sociales y vigor físico. El apoyo social nos sirve para acudir al médico con más rapidez cuando surgen síntomas (las personas aisladas tardan más en tener señales de alarma), para beber menos y para hacer más deporte, por mencionar tres variables a las que afecta decisivamente.

Por supuesto, es más fácil aún encontrar beneficios para nuestro equilibrio psicológico. Las amistades íntimas son un buen colchón en los momentos de estrés y ayudan a fortalecer nuestra autoestima. Y, desde luego, el mayor valor que aporta la amistad parece ser el de la liberación que supone contarle a alguien nuestras alegrías y preocupaciones. El psicólogo James Pennebaker es quizás el más citado cuando se habla de investigación experimental sobre este tema: confiar es, según él, muy bueno para la salud mental. Y eso se demuestra, por ejemplo, en momentos traumáticos: aquellos que disponen de una buena red de amistad los superan más rápido y con más facilidad que las personas que no han tenido nadie a quien contárselo. El escritor León Daudí decía que “un buen amigo es una persona para la cual no tenemos secretos y que, a pesar de todo, nos aprecia”. En una sociedad como la actual en la que es tan importante mantener la imagen ante los demás es una gran noticia tener amigos con los que uno no necesita posar.

Un amigo no es otro yo. Si así fuera, sería muy monótono; tiene que ser alguien con sus características propias

Sin embargo, en la práctica olvidamos todas estas recomendaciones. ¿Por qué? Si todos estos efectos positivos son tan claros ¿por qué no cultivamos más esta variable tan importante? Para muchos analistas, las causas tienen que ver con la tendencia egocéntrica de la sociedad actual.  El psicólogoJean Twenge es uno de ellos. Él bautizó en su libro Generation Me (traducido habitualmente por Generación Yo) a las personas que ahora tienen en torno a cuarenta-cincuenta años. Según este investigador, son el producto de una sociedad individualista: inteligentes, arrolladores y arrogantes. Están encantados de conocerse y tienen un gran concepto de sí mismos. Y, por supuesto, creen que son muy autónomos y no necesitan en absoluto de los demás.

Sólo acumulamos enemigos

La amistad no es necesaria. Al igual que otros fenómenos humanos (la música, la filosofía o el sentido del humor) no tiene un sentido adaptativo claro. Como decía C. S. Lewis, es una de esas cosas que no tiene valor de supervivencia, sino que, más bien, da valor a la supervivencia. Y en las culturas individualistas actuales la tentación de prescindir de la camaradería como forma de relación cuando hay que ahorrar tiempo o energías es muy fuerte.

Por una parte, la camaradería entre pares nos demanda igualdad, negociación, apertura a la diversidad (“Un amigo no es otro yo. Si así fuera, sería muy monótono; tiene que ser alguien con sus características propias”, decía Jorge Luis Borges). Y esos son valores difíciles de mantener durante mucho tiempo en una cultura centrada en el ego como la actual. Nos educan para competir, para destacar, para reforzar nuestro yo ante los demás. Y confraternizar requiere justamente la actitud contraria. Quizás por eso en nuestra vida es habitual que los amigos vayan y vengan, y solo los enemigos se acumulen. La rivalidad es más fácil de prolongar que el compañerismo.

Antes compartíamos experiencias con la gente de nuestra generación: la complicidad surgía de la cadencia vital común

Por otra parte, en nuestro tipo de sociedad confraternizar requiere hacer grandes esfuerzos. Hasta hace unas décadas, la inmensa mayoría de la humanidad vivía en culturas colectivistas. En ese tipo de sociedades había muchos factores que hacían que la amistad viniese dada. Todo el mundo vivía vidas paralelas, en las que la inmensa mayoría de hitos vitales se daban al mismo tiempo. Uno iba al colegio, empezaba una relación de pareja, empezaba a trabajar, tenía el primer hijo y, probablemente, vivía el fallecimiento de sus padres o las primeras enfermedades graves propias en edades similares. Este acompasamiento permitía compartir experiencias con todos aquellos que pertenecían a la misma generación: la complicidad surgía de la cadencia vital común. Siempre se estaba en onda con las otras personas.

“Quedar para hablar”

Además, en esas culturas alocéntricas pocas veces había diferencias de opinión (la presión social se encargaba de conseguir uniformidad) y era difícil que dos personas que hubieran sido amigas durante un tiempo tomaran luego caminos diferentes. Los intereses compartidos que producían las circunstancias vitales similares, los rituales comunes que llevaban a coincidir continuamente con los iguales sin necesidad de quedar y la necesidad de los demás para la supervivencia facilitaban el compañerismo sin necesidad de poner energía en ello.

Creemos que el precio de la estimulante y libre vida moderna es la carencia de relaciones sociales íntimas

Sin embargo, hoy en día, la mayoría de las personas viven en culturas individualistas, egocéntricas. En ellas se valora más la libertad que el apego a los demás. Las personas de nuestra misma edad pueden tener opiniones e intereses completamente diferentes de los nuestros. Los ritmos vitales pueden elegirse: algunos prolongan sus estudios más que otros; hay quien tiene hijos pronto, quien los tiene tarde y quien no los tiene; cuando unos están pensando en tener una vida responsable otros están buscando diversión y estimulación vital…

Y además, la vida (eso que nos sucede mientras nosotros estamos ocupados haciendo otros planes) va muy deprisa. Quedar con personas que no llevan vidas paralelas a las nuestras (que no van por los mismos bares o no llevan a sus hijos al mismo colegio) nos cuesta muchísimo esfuerzo. Y eso se nota tanto en el tipo de amistad más habitual entre los hombres –“quedar para hacer algo”- como en la que se suele dar más entre mujeres –“quedar para hablar”–. Es igual de complicado, hoy en día, que cuatro amigos queden para jugar al pádel cuando llevan vidas completamente diferentes o que cuatro amigas queden para charlar cuando sus experiencias vitales están siendo absolutamente distintas.

En una entrevista, el empresario Bernard Matthews aseguraba: “No tengo muchos amigos. Si hay un castigo por ser rico, es éste”. Esta especie de resignación parece estar presente en todo el mundo moderno. Es como si creyéramos que el precio que se paga por la estimulante y libre vida moderna fuera la carencia de relaciones sociales íntimas.

Pero, como demuestran las investigaciones citadas, la amistad tiene en la actualidad más sentido que nunca. La diferencia es que, hoy en día, las relaciones de compañerismo parten de una elección, de un esfuerzo voluntario, no vienen dadas: hay que conquistarlas indefinidamente. Y solo los que se plantean este tipo de relaciones como algo que requiere esfuerzo y tiempo consiguen rodearse de amigos.Cultivar la amistad se ha convertido en una tarea vital más y quizás no sea mala noticia: los seres humanos tendemos a apreciar mejor aquello que nos hemos tenido que trabajar.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2013/04/15/deberia-haberme-esforzado-por-conservar-a-amigos-de-los-que-no-he-vuelto-a-saber-nada-118744/

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Acerca de Psicólogo Pablo

Soy Psicólogo, con Máster en Gerontología, Dependencia y Protección de los Mayores.
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